domingo, 18 de octubre de 2015

Aniversario emigrante.





Escribo este texto con un nudo en el estómago que hacía años que no sentía. Hoy llueve, y estoy resfriada después de la llegada repentina del mal tiempo a Montpellier, pero me he envalentonado y he bajado a hacer la compra. Caminando hasta el mercado, me he dado cuenta de que con este clima llegué a Montpellier, y se me ha ocurrido mirar la fecha para darme cuenta de que un día como hoy, hace tres años, tomaba un autobús con el que llegaría temprano la mañana siguiente a esta ciudad del sur de Francia en la que nunca había estado, pero en la que tenía un amigo. Hacía mucho tiempo que no pensaba en ello. Acababan de operarme de un tobillo tres semanas antes, y era la primera vez que soltaba mis muletas. El viaje duró quince horas, y mi amigo Rober vino a buscarme a la estación, me llevó a desayunar y con su mujer Adéline, me ayudó a hacer algunas gestiones. 

Pero ¿qué hacía yo yéndome a Francia? para eso habrá que remontarse a un tiempo antes. Yo había terminado la universidad hacía tres años, y desde entonces había trabajado dos años sin contrato, había intentado ahorrar sin éxito (no llegaba a los cuatrocientos euros al mes) y vivía con mis padres. En septiembre de 2011 me llamaron para trabajar en la Dirección General de Patrimonio, en la Comunidad de Madrid (elecciones were coming) y durante ocho meses tuve un trabajo estable, que me gustaba, y en el que cobraba un sueldo digno con el que empecé a ahorrar. A pesar de que me gustaba mi trabajo, no había posibilidad de tener otro puesto relacionado, ni de opositar, y en lo que a mi experiencia en el mercado del arte respecta, había salido algo decepcionada. España estaba en plena crisis, pero nadie lo decía aún abiertamente. De golpe comenzaron los recortes y el 15 de Mayo de 2011, y de 2012 salimos a la calle. Mi inexistente economía no me había permitido inscribirme a ningún máster, aunque sí que había empezado estudios de filología hispánica a distancia, y cuando conseguí el puesto en Patrimonio decidí ahorrar para seguir estudiando, porque, decepcionada del  mundo del arte contemporáneo, de su ambiente y de sus escasas, precarias y a veces controvertidas salidas profesionales, hacía ya tiempo que me planteaba ser profesora de idiomas. Había estudiado inglés y francés toda la vida, y me había dado por el portugués los últimos años. Vengo de una familia de docentes, admiraba la capacidad de los profesores que te provocan interés por una lengua y por una cultura, y poco a poco había llegado a la conclusión de que quería hacer lo mismo. Quería enseñar el español a extranjeros, darles una herramienta para que conociesen una(s) cultura(s) tan amplia(s) y variada(s) como la hispanohablante. Hacía un par de años que miraba másteres que pudiesen interesarme, de enseñanza de español como lengua extranjera, pero en España no había demasiados públicos, y era muy difícil ser aceptado, sobre todo si no eras filólogo. Así que empecé filología por la UNED, mientras trabajaba sin contrato, y después mientras trabajaba con contrato. Por entonces solicité varios másteres, pero finalmente ninguno me aceptó, y en ese lapso de tiempo mi amigo Rober me habló de que en Francia los másteres eran mucho más baratos.  Ese año multiplicaron por tres las tasas universitarias en España, y lo que yo había ahorrado solamente me permitía hacer un año de máster y seguir viviendo en casa de mis padres, mientras que si marchaba a Francia, podía permitirme sobrevivir un año por mi cuenta y pagar las tasas universitarias. Hice los cálculos y rellené mi solicitud. Para mi sorpresa, me aceptaron, y con poca antelación y dos muletas (llevaba nueve meses de escayolas e intervenciones) compré un billete de autobús y me vine a Francia recién operada, dejando las muletas a mis padres a las puertas de la estación. 

Y así fue como quince horas más tarde, llegué a Montpellier, donde me esperaba Rober, -a quien, junto con Adeline, nunca estaré suficientemente agradecida- hace ahora tres años.  Desde entonces vivo aquí, me he ido adaptando, sobreviviendo y mejorando mi situación. Terminé el máster, y he conseguido salir adelante hasta ahora. Lo cierto es que habría muchas cosas de las que hablar, pero un día como hoy, que en otras ocasiones se me ha pasado incluso desapercibido, pienso en cómo llegué aquí, y cómo fue el primer año. Esperando volver a España en vacaciones, llamando casi todos los días, preguntándome cómo sería mi vida si me hubiera quedado, y otras mil cosas. En ese momento sentí que había perdido. Que no había sabido cómo hacer las cosas. Que no había tenido suerte, y que, quizás, yo me lo había buscado. Poco a poco entendí que no era yo la única persona que hacía las maletas y se marchaba a otro lugar a buscar trabajo. Éramos muchos. La publicidad engañosa de esa España próspera, emprendedora, en la que "querer es poder" y uno se hace a sí mismo, nos había jugado una mala pasada a unos cuantos. No eramos ni-nis, sino víctimas de un sistema económico injusto, corrupto y asfixiante. Un sistema en el que, como ha escrito hoy un amigo por aquí, no nos enseñan a perder. Perder está prohibido. Durante un año estuve casi escondiéndome de mi propia situación. No contaba a nadie por qué había venido realmente, ni qué había hecho los últimos años en España, en parte, tal vez por vergüenza y por culpabilidad, y por otro lado, porque no era consciente del todo de la magnitud de las razones reales. Un año y medio después comencé a juntarme con españoles, y fue eso lo que me hizo ser consciente de la realidad de nuestra situación, y de su carácter global. No era la primera ni la última. Tampoco era la primera vez que esto sucedía, ni mucho menos. Comencé a conocer a emigrantes españoles de otras generaciones. Así fue como volví a militar en los movimientos sociales, esta vez desde el extranjero en la Marea Granate, y me interesé por militar por primera vez en mi vida en un partido político, en Izquierda Unida. ¿Quiere decir esto que no habría venido a Francia si no hubiera existido la crisis económica? no necesariamente. Quizás habría venido. Muy posiblemente habría venido. Pero no en estas circunstancias. Habría venido con un trabajo, o de vacaciones. Habría venido para disfrutar de un país que siempre he admirado y amado, pero no necesariamente para intentar buscarme la vida porque las oportunidades me son negadas en mi país, y seguramente, si hubiese venido en cualquier otro caso, no necesitaría justificarme, y decir que este tipo de circunstancias se dan simplemente, no por un problema personal (tópicos tan habituales como el de la gente que "viene a robar trabajo", el de la gente que "viene a vivir del Estado"...), sino estructural. 

No me gusta dar discursos políticos ni técnicos, y no me siento con los conocimientos globales suficientes, pero lo que sí puedo decir - y lo digo desde las tripas- es que creo que el sistema tardocapitalista en el que vivimos está totalmente deshumanizado, y que cualquier persona que no alcanza los límites de aceptación social marcados por él, se convierte automáticamente en un perdedor. Y de un tiempo a esta parte he aprendido que los trabajos que tienen que ver con lo social, las movilizaciones ciudadanas o hechos como asociarse y compartir, son, en sí, una resistencia, y, creo, la única resistencia posible.