Ando como sonámbula por Madrid y es extraño. Calle Argumosa, Plaza de Lavapiés, Paseo de Santa María de la Cabeza, Calle Sombrerete, Paseo del Prado, Calle Echegaray, Plaza Mayor. Pisar y reandar mi ciudad es recorrer un mapa de constelaciones de memoria. Dibujo mi historia en los paseos. Ilustro mi cronología en sus calles, y es bello y extraño y solitario. Sólo esto puedo decir. Y ya.
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sábado, 6 de septiembre de 2014
martes, 21 de agosto de 2012
El calor, José Hierro y los cuadernos de viajes.
"Transfigurado por la noche, oficio
el rito de la transfiguración
con libaciones de ginebra, bourbon,
whisky, tequila, ron, humanizadas
por el zumo de lima, ácida y verde,
que habla mi misma lengua con acento más dulce.
Alguien me advierte que estoy solo".
"Alrededor, gira la ciudad, irrepetible,
giramos y giramos hasta morir,
porque por fin nos hemos descubierto".
J.Hierro.
Se supone que debería de estudiar y de seguir leyendo algunas cosillas, pero este calor solamente me deja tirarme con el ventilador cerca y esperar que pase el día lo más rápidamente posible. Hace un rato conseguí arrastrarme hasta la nevera, comer muchos hielos y continuar con Rimbaud. También el Cuaderno de Nueva York de José Hierro. Me gustan los cuadernos de viajes. Tengo además pendiente un post que aún estoy ultimando sobre la lectura de Cuadernos de Búsqueda de Javier Moreno, que pronto colgaré por aquí.
Los tres últimos versos de la cita resumen mi amor hacia este libro. Me gusta el cuaderno de José Hierro por varias razones. En primer lugar, -las comparaciones son odiosas, pero ésta es inevitable- es curioso cómo afecta la ciudad en la escritura de cada escritor: mientras para Lorca Nueva York -y el cambio de su escritura- es un descubrimiento sorprendente y brillante de la gran ciudad, para Hierro ésta toma el papel de escenario sobre el que sitúa sus preocupaciones y referencias -muchísimas, tanto musicales (miles de referencias musicales) como poéticas, artísticas e históricas-. Su poemario tiene algo quizás de esa fascinación por la ciudad y la modernidad que obsesionó tanto a la vanguardia a la que tanto juego dio y da Nueva York, pero que a veces contrasta con el interés de Hierro por algunos motivos naturales, como el océano y el río y todos sus misterios. Se trata de una visión romántica de una ciudad-escenario que, en parte, alberga todas las ciudades, es decir, hecha en algunos aspectos con retales de referencias, también en la poesía de Hierro, en la que, más que la fascinación de la ciudad que nunca duerme, lo que encontramos es un escenario que es casi un estado mental donde la ciudad se recrea a sí misma.
Esta lectura es casi una prolongación de un tema que me obsesiona, que es el de los viajes. Un viaje es una transfiguración, como el Nueva York de Hierro, es la mirada desde fuera y dentro de la ventana hacia un lugar nuevo. También el exceso y la soledad de los viajes. También la reconstrucción, la transfiguración, el espejo extranjero de uno mismo. En fin, es el calor, seguiré con los cigarrillos, masticando hielos hasta la madrugada y sin alejarme demasiado del ventilador. Disculpen las molestias.
Los tres últimos versos de la cita resumen mi amor hacia este libro. Me gusta el cuaderno de José Hierro por varias razones. En primer lugar, -las comparaciones son odiosas, pero ésta es inevitable- es curioso cómo afecta la ciudad en la escritura de cada escritor: mientras para Lorca Nueva York -y el cambio de su escritura- es un descubrimiento sorprendente y brillante de la gran ciudad, para Hierro ésta toma el papel de escenario sobre el que sitúa sus preocupaciones y referencias -muchísimas, tanto musicales (miles de referencias musicales) como poéticas, artísticas e históricas-. Su poemario tiene algo quizás de esa fascinación por la ciudad y la modernidad que obsesionó tanto a la vanguardia a la que tanto juego dio y da Nueva York, pero que a veces contrasta con el interés de Hierro por algunos motivos naturales, como el océano y el río y todos sus misterios. Se trata de una visión romántica de una ciudad-escenario que, en parte, alberga todas las ciudades, es decir, hecha en algunos aspectos con retales de referencias, también en la poesía de Hierro, en la que, más que la fascinación de la ciudad que nunca duerme, lo que encontramos es un escenario que es casi un estado mental donde la ciudad se recrea a sí misma.
Esta lectura es casi una prolongación de un tema que me obsesiona, que es el de los viajes. Un viaje es una transfiguración, como el Nueva York de Hierro, es la mirada desde fuera y dentro de la ventana hacia un lugar nuevo. También el exceso y la soledad de los viajes. También la reconstrucción, la transfiguración, el espejo extranjero de uno mismo. En fin, es el calor, seguiré con los cigarrillos, masticando hielos hasta la madrugada y sin alejarme demasiado del ventilador. Disculpen las molestias.
miércoles, 1 de agosto de 2012
Relaciones por correspondencia (El sur: tercera parte).
Hacía tanto tiempo que no me marchaba de vacaciones. Hoy compré otro billete de tren que encadenaré con más playa que a su vez encadenaré con Francia. Los días pasan despacio (¿o deprisa?) bajo el sol del sur. Leer 84, Charing Cross Road me está dando ganas de vivir a través de correspondencia y escribir cartas a desconocidos. He encontrado algunos libros que meteré en mi maleta de vuelta, junto con un cuaderno que vuelve a casa vacío.
martes, 26 de junio de 2012
Un cuaderno parisino.
"J'ai voulu intense t'asseoir sur mes genoux pour embrasser ton faible et tendre sourire avant que tu ne lèves tes poings redoutables au-dessus de ton sexe".
"Intensamente he querido sentarte en mis rodillas para besar tu tierna y débil sonrisa antes de que levantes tus temibles puños sobre tu sexo".
Paul Valet (la traducción es mía).
Hoy voy a contaros la historia de mi cuaderno parisino por antonomasia, aquél que nunca pude escribir. Fue un cumpleaños frío, un noviembre de cafés y demis en el Marais, y Tati y Eva atravesaron l'Île de la Cité con frío, lluvia y todo lo que París ofrece a mediados de Noviembre, para llegar a una pequeña tienda llamada Librairie du Petit Jour, dedicada casi al completo a cualquier tipo de objetos relacionados con El Principito.
Jamás estrené ese cuaderno. Nunca lo escribí porque esas páginas no me pertenecían. Qué feo estropearlo con palabras, con palabras pobres -sí, porque yo sabía que mis palabras eran pobres entonces, quizás también ahora- pensé en esperar. Esperar a que mis palabras crecieran, y pudiesen decir. Decir la mayúscula. Entonces París terminaba, y yo pensaba seriamente que había una obligación implícita en el viaje. Pero cuanto más deprisa pasaba el tiempo más vacías quedaban esas páginas que aún a día de hoy no he podido comenzar a escribir. Hubo inocencia y sexo. Hubo también un destino de llegada, pero no hoy. Porque no es el momento. Porque no es el lugar. Porque la belleza es distinta. Tal vez en otro momento. Quizás en otro París.
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domingo, 24 de junio de 2012
Escena de un domingo.
"Todo es mío y nada me pertenece,
nada pertenece a la memoria,
todo es mío mientras lo contemplo."
Wislawa Szymborska.
Reviso mis poemas. Reviso mis poemas, digo. Después me quedo vacía. Ayer, el lago y los amigos, y el coche, y una bajada de tensión y una noche de pasar miedo. Pasamos miedo y hablamos de fantasmas. Apenas pude dormir. Hoy comí en casa de una buena amiga e hicimos proyectos. Pensé en la muerte. Y como siempre los domingos, todo va deprisa, pero parece transcurrir despacio, y puede saborearse de una forma diferente al resto de los días. Hablamos del futuro. Hacemos planes bonitos. Al volver a casa, hago un cuaderno para mi hermana. Leo estos versos de Szymborska y pienso: me gustan los domingos.
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sábado, 16 de junio de 2012
La cotidianidad.
"Quiero decir que incluso el destino químico afecta a la poesía de manera violenta, un azar que aparece entre los volúmenes y las mascarillas. (...) Ya está bien de pamplinas. (...) La poesía está hecha de pulsaciones eléctricas y precedentes en desorden".
Juan Carlos Mestre, La Bicicleta del Panadero.
10.00 a.m: Desayuno y ordeno mis cuadernos. Reorganizo una habitación que he tenido olvidada recientemente. Libros, libros, libros, no me caben más libros. Los meto en cajas, los subo estanterías arriba, los cambio de lugar hasta desistir.
Aquello que veis en la primera foto es una de mis grandes obsesiones: soy una fanática de los cuadernos. De todos los tipos, los tamaños, las texturas... Digamos que los colecciono y que soy incluso maniática: no puedo soportar los folios cuadriculados. Los escribo conforme los compro o me los regalan, con escrupuloso orden cronológico (¡debe de ser una de las pocas cosas para las que soy al cien por cien ordenada!). Todos están fechados, y en su primera página anoto su procedencia.
Aquello que veis en la primera foto es una de mis grandes obsesiones: soy una fanática de los cuadernos. De todos los tipos, los tamaños, las texturas... Digamos que los colecciono y que soy incluso maniática: no puedo soportar los folios cuadriculados. Los escribo conforme los compro o me los regalan, con escrupuloso orden cronológico (¡debe de ser una de las pocas cosas para las que soy al cien por cien ordenada!). Todos están fechados, y en su primera página anoto su procedencia.
Pero los cuadernos que veis no están escritos. Quizás por ser demasiado bonitos son cuadernos en los que nunca he podido escribir. Me da miedo tacharlos o ensuciarlos... y cada uno proviene de un lugar distinto, y es especial por algún motivo, un día de éstos hablaré de ellos, porque cada uno tiene su historia.
La poesía está hecha de cotidianidad, y algunas veces hay que ordenar la cotidianidad. Parece que este fin de semana es una de esas veces.
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